A finales de la década de los sesenta, Murcia languidecía bajo un sol antiguo mientras cinco muchachos, con los bolsillos vacíos y el corazón inflamado por una electricidad ajena a esa tierra, decidimos desafiar el silencio de la huerta. Nos hacíamos llamar Siglo XX, un nombre que pronunciábamos con la gravedad de una profecía, intuyendo que nuestra música pertenecía a un tiempo que aún no había llegado, mientras el resto del mundo debatía si éramos un «conjunto» —palabra de orden y decencia— o un «grupo», término que ya arrastraba el peligroso aroma de la subversión.
Nuestra solidez como banda era, en rigor, un acto de fe. En el inventario de nuestra juventud, la pobreza ocupaba el primer lugar. El sonido que lográbamos arrancar al aire provenía de una arqueología de la precariedad: instrumentos de segunda mano con cicatrices de otras batallas, cables rescatados del olvido y artilugios caseros que desafiaban las leyes de la física y la seguridad elemental.
Cada válvula del amplificador no era un componente electrónico, sino una reliquia sagrada, un pequeño corazón de vidrio incandescente cuyo resplandor vigilábamos con devoción. Cuando una de ellas se rendía y se fundía —con la fatalidad puntual de las tragedias griegas—, no sentíamos el pánico del artista ante el público, sino el terror doméstico del hijo pródigo: ¿de dónde saldría el dinero para la reparación?
Fue en esas urgencias donde emergió la figura de Ramón, un hombre con manos de santo y paciencia de relojero. Oficialmente reparaba televisores, devolviendo la imagen a los hogares decentes, pero la necesidad lo convirtió en el médico de guardia de los amplificadores de media provincia. Ramón, con su ingenio de alquimista pobre, obraba milagros por cuatro duros. Si la memoria tuviera deudas, todos los músicos de aquella época le deberíamos una fortuna; él, sin embargo, se conformaba con devolvernos el sonido, como quien restituye un alma a su cuerpo.
Pero el destino tiene un sentido del humor cruel y corrosivo. Nuestra desgracia no fue la escasez, vieja compañera de viaje que ya no dolía, sino la invasión silenciosa.
Ensayábamos en la carretera del Palmar, en un refugio humilde pegado a una acequia. Era un lugar fresco, donde el olor dulzón del agua estancada y la tierra mojada se mezclaba con el rock, creando una atmósfera casi uterina. Aquella tarde, sin embargo, el aire pesaba distinto. Al entrar, nos recibió un silencio denso, una quietud que no nos pertenecía.
Las ratas habían llegado antes.
No fue un saqueo ruidoso, sino una destrucción meticulosa y callada. Habían roído los cables con saña quirúrgica, despellejado el plástico de los amplificadores y dejado tras de sí un paisaje de naufragio en miniatura. Nos quedamos inmóviles, cinco estatuas de sal contemplando el desastre. No era solo la pérdida material; era la certeza hiriente de que la naturaleza, en su forma más rastrera, se había burlado de nuestros sacrificios. Con lo que nos había costado reunir aquel equipo, el golpe se sentía en el estómago, una traición de la realidad contra el sueño.
Nadie habló. En ese instante, las ratas habían tocado mejor que nosotros. Su música era el caos.
Y, sin embargo, la memoria —que a veces es más dulce que la vida— nos recuerda que aquello no fue el final. La rabia nos mordió, sí, y el desaliento nos dejó tocados, pero no hundidos. Recogimos los escombros, invocamos de nuevo al santo Ramón y seguimos adelante. Porque en aquellos años, tocar rock no era un pasatiempo ni una elección estética; era una necesidad fisiológica, una forma de respirar en un mundo que se asfixiaba.
Al final, ni el hambre de las ratas pudo devorar las ganas.
A finales de la década de los sesenta, Murcia languidecía bajo un sol antiguo mientras cinco muchachos, con los bolsillos vacíos y el corazón inflamado por una electricidad ajena a esa tierra, decidimos desafiar el silencio de la huerta. Nos hacíamos llamar Siglo XX, un nombre que pronunciábamos con la gravedad de una profecía, intuyendo que nuestra música pertenecía a un tiempo que aún no había llegado, mientras el resto del mundo debatía si éramos un «conjunto» —palabra de orden y decencia— o un «grupo», término que ya arrastraba el peligroso aroma de la subversión.
Nuestra solidez como banda era, en rigor, un acto de fe. En el inventario de nuestra juventud, la pobreza ocupaba el primer lugar. El sonido que lográbamos arrancar al aire provenía de una arqueología de la precariedad: instrumentos de segunda mano con cicatrices de otras batallas, cables rescatados del olvido y artilugios caseros que desafiaban las leyes de la física y la seguridad elemental.
Cada válvula del amplificador no era un componente electrónico, sino una reliquia sagrada, un pequeño corazón de vidrio incandescente cuyo resplandor vigilábamos con devoción. Cuando una de ellas se rendía y se fundía —con la fatalidad puntual de las tragedias griegas—, no sentíamos el pánico del artista ante el público, sino el terror doméstico del hijo pródigo: ¿de dónde saldría el dinero para la reparación?
Fue en esas urgencias donde emergió la figura de Ramón, un hombre con manos de santo y paciencia de relojero. Oficialmente reparaba televisores, devolviendo la imagen a los hogares decentes, pero la necesidad lo convirtió en el médico de guardia de los amplificadores de media provincia. Ramón, con su ingenio de alquimista pobre, obraba milagros por cuatro duros. Si la memoria tuviera deudas, todos los músicos de aquella época le deberíamos una fortuna; él, sin embargo, se conformaba con devolvernos el sonido, como quien restituye un alma a su cuerpo.
Pero el destino tiene un sentido del humor cruel y corrosivo. Nuestra desgracia no fue la escasez, vieja compañera de viaje que ya no dolía, sino la invasión silenciosa.
Ensayábamos en la carretera del Palmar, en un refugio humilde pegado a una acequia. Era un lugar fresco, donde el olor dulzón del agua estancada y la tierra mojada se mezclaba con el rock, creando una atmósfera casi uterina. Aquella tarde, sin embargo, el aire pesaba distinto. Al entrar, nos recibió un silencio denso, una quietud que no nos pertenecía.
Las ratas habían llegado antes.
No fue un saqueo ruidoso, sino una destrucción meticulosa y callada. Habían roído los cables con saña quirúrgica, despellejado el plástico de los amplificadores y dejado tras de sí un paisaje de naufragio en miniatura. Nos quedamos inmóviles, cinco estatuas de sal contemplando el desastre. No era solo la pérdida material; era la certeza hiriente de que la naturaleza, en su forma más rastrera, se había burlado de nuestros sacrificios. Con lo que nos había costado reunir aquel equipo, el golpe se sentía en el estómago, una traición de la realidad contra el sueño.
Nadie habló. En ese instante, las ratas habían tocado mejor que nosotros. Su música era el caos.
Y, sin embargo, la memoria —que a veces es más dulce que la vida— nos recuerda que aquello no fue el final. La rabia nos mordió, sí, y el desaliento nos dejó tocados, pero no hundidos. Recogimos los escombros, Las ratas del Siglo XX
A finales de la década de los sesenta, Murcia languidecía bajo un sol antiguo mientras siete muchachos, con los bolsillos vacíos y el corazón inflamado por una electricidad ajena a esa tierra, decidimos desafiar el silencio de la huerta. Nos llamábamos Siglo XX, un nombre que pronunciábamos con la gravedad de una profecía, intuyendo —sin saber muy bien por qué— que nuestra música pertenecía a un tiempo que aún no había llegado. Mientras tanto, el mundo debatía si éramos un conjunto, palabra de orden y decencia, o un grupo, término que ya arrastraba el aroma peligroso de la subversión.
Éramos Enrique, la voz que sostenía las canciones; Pepe “Ojitos”, primera guitarra, fino y preciso; Alfonso, “el Zurdo”, segunda guitarra, con esa manera de tocar que parecía venir desde otro sitio; Miguel, al bajo, sujetando todo lo que amenazaba con desmoronarse; Juanito, en los teclados, abriendo espacios donde antes solo había ruido; Manolo, a la batería, marcando el pulso con la seguridad de quien no duda; y yo, Tony, componiendo, intentando poner orden a todo aquello que nos bullía dentro.
Éramos jóvenes, pobres… y absolutamente convencidos de que aquello tenía sentido.
Nuestra solidez como banda era, en rigor, un acto de fe. En el inventario de nuestra juventud, la pobreza ocupaba el primer lugar. El sonido que lográbamos arrancar al aire procedía de una arqueología de la precariedad: instrumentos de segunda mano con cicatrices ajenas, cables rescatados del olvido y artilugios caseros que desafiaban, sin complejos, las leyes más elementales de la física y la seguridad.
Cada válvula del amplificador no era un simple componente electrónico, sino una reliquia. Un pequeño corazón de vidrio incandescente cuyo resplandor vigilábamos con devoción. Cuando alguna se fundía —con la puntualidad fatal de las tragedias griegas— no sentíamos el pánico del artista ante el público, sino un miedo mucho más íntimo: ¿de dónde sacaríamos el dinero para repararla?
En esos momentos aparecía Ramón, un bendito. Oficialmente reparaba televisores, devolviendo la imagen a los hogares decentes, pero la necesidad lo convirtió, casi sin quererlo, en el médico de guardia de los amplificadores de media provincia. Con manos pacientes y un ingenio de alquimista pobre, obraba milagros por cuatro duros. Si todos los músicos de aquella época le pagáramos hoy lo que le fuimos quedando a deber, Ramón sería millonario. Nunca nos lo recordó. Bastante hacía con devolvernos el sonido.
Nuestra verdadera desgracia, sin embargo, no fue la escasez. A eso ya estábamos acostumbrados y, de algún modo, no nos quitaba la ilusión. El golpe llegó una tarde cualquiera, al ir al ensayo.
Ensayábamos en la carretera del Palmar, en un refugio humilde pegado a una acequia. Un lugar fresco, con olor a agua estancada y tierra mojada, donde el rock se mezclaba con el rumor constante de la huerta. Aquella tarde, al entrar, algo no encajaba. El silencio era distinto. Un desorden que no recordábamos haber dejado.
Las ratas habían llegado antes.
No fue un saqueo ruidoso, sino una destrucción meticulosa y callada. Habían roído los cables, despellejado el plástico del amplificador y dejado tras de sí un paisaje de naufragio doméstico. Nos quedamos inmóviles, contemplando el desastre. No dolía solo la pérdida material; dolía la certeza de que, con lo poco que nos había costado reunir aquel equipo, la realidad acababa de darnos una bofetada sin aviso.
Nadie habló. No hacía falta. En ese instante, las ratas habían ensayado mejor que nosotros.
Y, sin embargo, el tiempo —que a veces sabe ser justo— nos enseña que aquello no fue el final. La rabia nos mordió, el desaliento nos dejó tocados, pero no hundidos. Recogimos lo que se podía salvar, volvimos a llamar a Ramón y seguimos adelante.
Porque en aquellos años tocar rock no era un pasatiempo ni una elección estética: era una necesidad.
Era, simplemente, una forma de respirar en un mundo que se empeñaba en asfixiarte.
Y al final, ni el hambre de las ratas pudo devorar las ganas de seguir siendo quienes éramos. de nuevo al santo Ramón y seguimos adelante. Porque en aquellos años, tocar rock no era un pasatiempo ni una elección estética; era una necesidad fisiológica, una forma de respirar en un mundo que se asfixiaba.
Al final, ni el hambre de las ratas pudo devorar las ganas.
©antonio capel riera