LOS SIXFER’S

Cuando la música era más grande que el miedo.

A finales de 1965, en Archena, la música no era un plan de futuro. Era una forma de respirar. Tres chicos, con conocimientos elementales de guitarra y más ilusión que técnica, tenían la sana costumbre de reunirse al anochecer en un habitáculo prestado. Allí tocaban y cantaban canciones de aquellos años, como quien intenta entender el mundo a través de acordes prestados. Eran los hermanos Gil Sánchez y Joaquín Pérez. Al principio, todo sonaba a ensayo. Después, casi sin darse cuenta, las canciones empezaron a salir limpias. Y la música… empezó a sonar de verdad. Mientras tanto, en Ceutí, otro grupo actuaba en pequeños eventos. La música estaba ahí, pero aún no había encontrado su forma definitiva. La oportunidad llegó en una verbena festera en Archena. Aquellos tres chavales pidieron a un grupo ya experimentado que les dejara tocar unos temas. Y pasó algo que a veces ocurre sin previo aviso: La gente dejó de hablar. La gente empezó a mirar. Cuando bajaron del escenario, les estaban esperando. La propuesta era clara: unir a los tres de Archena con dos músicos de Ceutí y formar un conjunto. Ellos contestaron con la sinceridad de quien no tiene nada que esconder: No tenían buenos instrumentos. Y tampoco dinero. Entonces apareció una de esas figuras que sostienen historias sin pedir protagonismo. Manolo Vigueras dijo que eso no sería un problema. Su padre, de Panadería Vigueras, los llevó a una tienda de instrumentos en Murcia y pronunció una frase que, sin saberlo, estaba comprando futuro:

—Coged lo que os haga falta para sonar bien.

Lo hicieron. La cuenta era enorme para la época. Pero aquel hombre firmó las letras. Cada mes llegaba una. Cada mes se pagaba. Con instrumentos de verdad y horas de ensayo, Los Sixfer empezaron a sonar como los grupos que ellos mismos admiraban. No tardaron en convertirse en uno de los grupos más cotizados de la provincia. Ganaron el concurso Cita con la Fama en el Teatro Circo de Murcia. Y de repente, el calendario se llenó: viernes, sábados, domingos… y a veces entre semana, cuando había fiestas patronales. En solo un año habían pagado todo el equipo. Y todavía quedaba algo de dinero. Meses después llegó el concurso Superpop, organizado por Radio Juventud en el Teatro Romea. Meses de actuaciones. Meses de nervios. Meses de carretera corta y sueños largos. En la final estuvieron cuatro grupos: Los Ases, Los Sixfer, Roller Group y Los Grillos. Uno de los premios era viajar a Barcelona a grabar un LP en la casa Belter. Para unos chavales de la Región, aquello era tocar el cielo… aunque fuera solo con la punta de los dedos. Poco antes del concurso, el batería Fernando Vicente tuvo que dejar el grupo por problemas familiares. Entró Juan Mañas. La formación quedó así: Juan Mañas a la batería. Pascual Gil al bajo. José Manuel Gil a la guitarra rítmica. Joaquín Pérez a la guitarra solista. Y Manuel Vigueras a la voz. Después del concurso, la vida —que siempre va por delante de los sueños— llamó a Manuel Vigueras para hacer la mili. No pudo viajar a Barcelona. Entró como cantante José Ángel Hernández Solera. Aun así, el grupo seguía teniendo nombre. Actuaron en los jardines de Narciso Yepes, en Lorca, junto a Miguel Ríos y Los 5 de Illice. También en la Batalla de las Flores del Teatro Romea, con Miki y los Tonys, Silvana Velasco, Los Flamingos… La música estaba en su punto más alto. Y entonces apareció el único enemigo que nunca se ve venir: el miedo de los padres. Mientras actuaban cerca de casa, todo era aceptable. Pero cuando se habló de giras por España, la cosa cambió. El mayor tenía veinte años. Los padres se reunieron. Y decidieron. No más música. El grupo se disolvió sin ruido. Sin escándalos. Sin despedidas épicas. Cada uno siguió tocando donde pudo. Algunos terminaron estudios. Otros siguieron ligados a la música, pero ya sin aquella inocencia. Porque hay grupos que duran años. Y hay grupos que duran lo justo para cambiarte la vida. Y Los Sixfer fueron de esos.