En las callejuelas del barrio del Carmen, en Murcia, el calor se posa sobre los hombros con una gravedad antigua. Allí, entre el rumor de las calles estrechas y la cadencia tranquila de la vida de barrio, un muchacho llamado Alfonso afinaba una guitarra sin imaginar que estaba templando también un destino improbable.
Nadie sospechaba entonces que aquellos dedos guardaban algo más que acordes: llevaban dentro el polvo, la nostalgia y la furia eléctrica de la América profunda.
El viaje de Alfonso no fue simplemente un vuelo al otro lado del Atlántico. Fue una peregrinación hacia la raíz misma del twang, hacia esa música nacida en los años cincuenta que mezcla country, rhythm & blues y una rebeldía juvenil que nunca termina de envejecer.
Aquella música tenía un nombre: rockabilly.
Y Alfonso —ya convertido en Al Dual— decidió buscarla donde había nacido.
La forja en el asfalto americano
Con una guitarra Gretsch colgada a la espalda —la misma marca histórica de la que hoy es guitarrista oficial—, Al Dual emprendió una gira por el oeste de Estados Unidos.
Su vida se convirtió en una sucesión de carreteras, moteles y escenarios donde la música se tocaba con la devoción de una religión.
La ruta lo llevó por ciudades como San Diego, Fullerton, Santa Clarita, Los Ángeles, Anaheim, Pomona y Las Vegas.
Pero más importante que los kilómetros fueron los encuentros.
En California compartió escenarios, humo de camerinos y largas noches de conversación con músicos como Chris Casello y Paul Pigat, auténticos maestros del género.
Con ellos aprendió los secretos de esa técnica vertiginosa que exige el rockabilly puro: precisión, ritmo y una energía casi salvaje.
Cada concierto era un paso más hacia el lugar donde todo empezó.
Memphis.
El triunfo en tierra sagrada
Memphis, Tennessee.
Caminar por sus calles es hacerlo entre sombras legendarias.
Allí siguen resonando los ecos de Elvis Presley, la voz grave de Johnny Cash y la guitarra eterna de B.B. King.
En esa ciudad se celebran los prestigiosos Ameripolitan Music Awards, uno de los grandes templos de la música de raíces americana.
La noche de la ceremonia tenía algo de ritual.
El aire olía a brillantina, bourbon y cuero. Tupés perfectamente peinados, chaquetas bordadas y botas con hebillas plateadas llenaban la sala. Era como si el reloj hubiera decidido detenerse, caprichosamente, en 1956.
Al Dual observaba la escena desde su mesa.
Pensó en el barrio del Carmen, en las horas interminables de ensayo, en las yemas de los dedos abiertas por las cuerdas.
Y entonces llegó el momento.
El presentador abrió el sobre.
El silencio se hizo espeso.
—And the Ameripolitan Award for Best Rockabilly Male goes to… Al Dual!
Los aplausos estallaron.
El murciano se levantó despacio y caminó hacia el escenario bajo la luz de los focos. No como un turista deslumbrado por el neón de Memphis, sino como alguien que había cruzado medio mundo para encontrarse con una música que ya llevaba dentro desde el principio.
Aquella noche, Al Dual se convirtió en el primer español en ganar el Ameripolitan Music Award al mejor solista de Rockabilly.
Memphis, la ciudad que vio nacer el rock and roll, aplaudía ahora a un guitarrista llegado desde Murcia.
Y mientras sostenía el trofeo, Al Dual no vio solo las luces de Tennessee.
En el metal brillante también se reflejaban las calles del barrio del Carmen.
Porque a veces el rock hace cosas extrañas.
Empieza en un barrio murciano…
y acaba brillando bajo el neón de Memphis.
© tony capel riera