La guitarra que no se enchufaba

No siempre había enchufes.
Eso es algo que ahora cuesta entender.

Los primeros ensayos no eran en locales insonorizados ni en salas preparadas.
Eran en garajes, en almacenes, en cuartos prestados, en habitaciones donde aún colgaban fotos de comuniones y crucifijos torcidos.

A veces la guitarra ni siquiera se enchufaba.
Se tocaba en seco, por costumbre, por fe, por necesidad de hacer música aunque no sonara como debía.

Recuerdo a uno de ellos —no diré el nombre, porque da igual— sentado en una silla de enea, con una guitarra barata, desafinada, aprendiendo acordes mirando los dedos de otro. No había partituras. No había métodos. No había YouTube. Había oído, intuición y paciencia.

—Eso no es un sol —le decía el otro—. Eso es una fe mal puesta.

Y se reían.

La batería era una caja de galletas.
El bajo, una cuerda gorda con esperanza.
El micrófono, un palo con un cable que no llevaba a ningún sitio.

Pero tocaban igual.

Porque lo importante no era sonar bien.
Era pertenecer a algo.
Era estar dentro.
Era formar parte de una banda, aunque no hubiera escenario.
Era ser músico antes de ser famoso.
Era ser joven antes de ser viejo.
Era creer antes de saber.

Muchos de ellos no grabaron discos.
No salieron en portadas.
No firmaron contratos.
No viajaron en furgonetas.

Pero hicieron algo más difícil:
hicieron que la música moderna existiera en un lugar donde no estaba prevista.

La guitarra que no se enchufaba también hizo historia.

No salió en ninguna foto.
No aparece en ningún cartel.
No figura en ningún archivo.

Pero estuvo allí.

Y a veces, eso basta.

Deja un comentario