Cuando Murcia empezó a sonar distinto

El nacimiento del rock murciano no ocurrió en un escenario, ni bajo focos, ni en salas de conciertos. Ocurrió donde se podía: en garajes, en huertas, en almacenes prestados y en establos por donde pasaban acequias con olor a vaca y cerdo.

Chavales de 16 y 17 años empezaron a formar sus grupos espoleados por una idea sencilla: ya había unos que estaban empezando a sonar en Murcia: Los Joristers.

Ellos, se podría decir, nacieron con un pan bajo el brazo. Tenían algo que otros no: un lugar donde ensayar. Nada menos que el almacén de plátanos del padre de Jesús Campillo, que se convirtió en un refugio musical, en un pequeño santuario eléctrico donde, por primera vez, empezó a sonar algo distinto.

Los Joristers fueron los primeros en aparecer con una estructura real de grupo pop y sirvieron de modelo a los que vendrían inmediatamente después: Capicúa, Blue Mask, Brujos, Rockets…

No había muchos más al principio. Pero después de ellos, vinieron en tromba.

La explosión de 1965

La verdadera eclosión llegaría a partir de 1965. Esta nueva generación de conjuntos desplazó definitivamente a los dúos y tríos iniciales (como Los Diablos Rojos o PyP) e implantó el modelo de grupo moderno: batería, bajo, guitarras y voz.

A partir de ahí, Murcia empezó a llenarse de nombres, de formaciones, de conjuntos que ya no eran solo chavales tocando, sino grupos con estructura, identidad y ambición real.

Cuando Murcia dejó de sonar a lo de siempre y empezó a sonar distinto, no fue una moda. Fue una generación. Fue una forma de vida. Fue identidad y memoria. Y fue el principio de una historia que todavía hoy sigue resonando.

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