Salíamos de parranda con la tuna, con ese concepto flexible del horario que tiene la juventud cuando mezcla guitarras, vino peleón y la sensación —bendita sensación— de que la vida va a durar para siempre. Madrid, a esas horas, respiraba ese aire espeso de las madrugadas en las que todo parece posible y cualquier cosa puede romperse sin avisar.
Aquella noche decidimos rematar la faena en la sala Victoria, en la calle Silvela.
El motivo era sagrado: actuaba el Dúo Dinámico.
Para nosotros no eran cantantes. Eran religión.
Y, como buenos devotos, algunas de sus canciones ya las habíamos destrozado —perdón, interpretado— en versión tuna, con más entusiasmo que afinación, pero con una fe que lo compensaba todo.
Pero lo que pasó aquella noche no venía en el repertorio.
A escasos metros del escenario había un grupillo de fauna nocturna. Uno de ellos, especialmente iluminado por el alcohol y por esa tristeza mediocre de los que solo saben llamar la atención molestando, no paraba de hacer gestos juntando los índices de ambas manos, insinuando que Manolo y Ramón eran homosexuales.
Al principio parecía el típico tonto con entrada libre en todas las fiestas.
Pero el hombre insistía.
Y volvía a insistir.
Y seguía insistiendo con esa constancia aburrida que solo tienen los necios.
Hasta que Ramón lo vio.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces… y ya sabemos cómo acaban estas cosas.
Desde donde estábamos vimos cómo algo cambiaba en su mirada. No fue un gesto teatral ni un enfado visible. Fue algo más simple y más antiguo: el momento exacto en el que la paciencia se termina.
En mitad de la canción, sin aviso previo, Ramón pegó un salto desde el escenario con una elegancia atlética que ni el Ejército del Aire en día grande. Aquello no fue bajar del escenario: fue un salto limpio, felino, casi irreal. Durante un segundo, juro que la gravedad dejó de existir.
Cayó delante del gracioso…
Y le soltó un sopapo histórico.
No un cachete.
No un aviso.
Un ostión con denominación de origen.
Un golpe seco, perfecto, de esos que no solo apagan las luces… también apagan las ideas.
El hombre se quedó tan descolocado que seguramente todavía hoy, si oye un acorde del Dúo Dinámico, mira alrededor por si vuelve Ramón en vuelo rasante.
Lo mejor es que el concierto siguió como si nada.
Profesionalidad absoluta.
Como si aquel paréntesis pedagógico hubiera formado parte del guion.
Pero para nosotros, aquella noche ya era leyenda.
Desde entonces lo bautizamos como “el salto del tigre de Malasia”, aunque ninguno sabíamos muy bien por qué de Malasia… pero sonaba internacional, y en aquellos años todo lo que sonaba internacional tenía categoría.
Y años después nos enteramos del remate final.
Al del sopapo lo apodaron “Titanlux”.
Porque, según cuentan, durante semanas su cara pasó por toda la carta de colores posible, como si alguien hubiera decidido probar todos los tonos directamente sobre su piel.
No sé si volvió a hacer gestos en un concierto en su vida.
Pero sí sé una cosa:
Hay noches en las que uno cree que va solo a escuchar música…
y acaba aprendiendo, sin buscarlo, que incluso la paciencia tiene un límite.
Y que, a veces, la historia también se escribe… a ras de escenario.