Hay preguntas que la ciencia tarda décadas en responder.
Sin embargo, la música lleva respondiéndolas toda la vida.
Miles de personas han vivido alguna vez una escena difícil de olvidar. Un padre que ya no recuerda el nombre de sus hijos. Una madre que apenas reconoce el rostro de quienes la visitan. Un anciano perdido entre los silencios del Alzheimer.
Y, de pronto…
Suena una canción.
No una cualquiera.
Aquella que bailó el día de su boda.
La que sonaba en el viejo tocadiscos de casa.
La que acompañó el primer beso.
La que sonó durante aquel inolvidable viaje de juventud.
Entonces ocurre algo extraordinario.
Los ojos vuelven a iluminarse.
Los labios comienzan a moverse.
Y una letra aprendida sesenta años atrás emerge con una naturalidad que parece desafiar toda lógica.
Durante unos minutos, la enfermedad retrocede.
No ha desaparecido.
Simplemente la música ha conseguido abrir una pequeña ventana hacia un lugar donde todavía siguen viviendo los recuerdos.
Quizá por eso determinadas canciones nunca pasan de moda.
No porque sean antiguas.
Sino porque forman parte de la biografía emocional de millones de personas.
Los Beatles.
El Dúo Dinámico.
Nino Bravo.
Joan Manuel Serrat.
Los Brincos.
Fórmula V.
Los Pekenikes.
Simon & Garfunkel.
Elvis Presley.
Julio Iglesias.
Cada generación tiene su propia banda sonora.
Y cada canción esconde un instante de nuestra vida.
No recordamos únicamente una melodía.
Recordamos quiénes éramos cuando la escuchábamos.
Con quién caminábamos.
A quién amábamos.
Qué sueños teníamos.
La música posee un privilegio que pocas artes consiguen alcanzar.
No necesita llamar a la puerta.
Entra directamente por el corazón.
Quizá por eso tantas asociaciones dedicadas al Alzheimer y al Parkinson utilizan la música como parte de sus actividades diarias.
No porque cure.
Sería injusto afirmarlo.
Sino porque acompaña.
Reconforta.
Despierta.
Y, en ocasiones, consigue regalar unos minutos de felicidad a quienes parecían haberse perdido en el laberinto de la memoria.
Los científicos continúan investigando cómo sucede.
Los músicos llevan más de un siglo contemplando sus efectos desde los escenarios.
Y millones de familias lo han comprobado, emocionadas, en el salón de sus propias casas.
Por eso, cuando alguien me pregunta cuál ha sido la mayor revolución musical de los últimos cien años, nunca respondo hablando de ventas, premios o discos de oro.
La verdadera grandeza de una canción comienza muchos años después de haber sido compuesta.
Empieza cuando consigue sobrevivir al tiempo.
Cuando sigue emocionando a quien ya casi no recuerda nada.
Cuando devuelve una sonrisa donde solo parecía quedar silencio.
Porque las grandes canciones no solo llenaron estadios.
Llenaron vidas.
Y algunas…
Mientras exista alguien capaz de emocionarse al escuchar una canción de su juventud, los pioneros del rock seguirán cumpliendo su misión: conservar viva la memoria de una generación.
Todavía conocen el camino de regreso.
© tony capel riera