A veces la verdadera medida de una canción no está en los discos vendidos ni en los aplausos, sino en las vidas que ayudó a recomponer.
Durante una entrevista, Ramón Arcusa compartió una historia mínima y enorme a la vez: la de un hombre que existe gracias a una canción. Un relato sobre la fama entendida como gratitud, sobre la música como refugio, y sobre esa nostalgia que solo nace cuando algo valió la pena.
Hace poco entrevistamos a Ramón Arcusa.
Aunque la memoria colectiva lo retiene como el “guapo” de aquel fenómeno internacional que fue el Dúo Dinámico, en las distancias cortas se impone el individuo sobre el mito: un hombre serio, un caballero de modales pausados.
Le preguntamos cómo se lleva el peso de la fama tras sesenta años de ser un icono en España y América. Ramón, con esa sobriedad que no necesita alardes, respondió que la gloria, al final, consiste simplemente en recibir agradecimientos.
Para ilustrarlo, nos trasladó a una cena en un restaurante de Alicante. Allí, un señor se acercó a su mesa, interrumpiendo la velada con respeto. Ramón, educado y expectante, escuchó una frase que lo dejó desarmado:
—Ramón, yo soy un hijo del perdón.
El artista no lo comprendió al instante, hasta que el hombre se explicó. Sus padres, al borde de una ruptura irrevocable, lograron reconciliarse gracias a su canción Perdóname. Él existía gracias a esa tregua: nacido de los compases de una balada que salvó un matrimonio.
Quién sabe cuántas parejas más habrán soldado sus grietas con esa música. Y ni hablar de El final del verano, otra joya de su autoría que sentencia: “y tú partirás…”. Amores estivales o no, a veces simples despedidas; otras, quizá, el inicio de una vida entera.
Es indudable que las canciones son vehículos hacia la añoranza y la nostalgia. Y qué hermosas palabras son esas, porque no hablan del dolor, sino del disfrute de lo vivido. La memoria humana es sabia: nadie siente añoranza ni nostalgia de haberse roto una pierna.
Solo extrañamos aquello que, de algún modo, nos hizo felices.
Tony Capel Riera