Las manos de aquel hombre, manchadas ahora por las pecas de la edad y el temblor de las mañanas de invierno, ya no parecían las mismas que una vez domesticaron la electricidad.
Estaba sentado en un rincón de una plaza de Murcia, con la mirada de quien vigila un horizonte que hace tiempo dejó de existir. Una moneda cayó con un tintineo sordo en el vaso de cartón que tenía a sus pies. A su lado, apoyada contra una pared desconchada, descansaba una guitarra de barniz agrietado.
Cualquiera que pasara de largo solo vería a un anciano más, uno de esos hombres a los que la ciudad acaba convirtiendo en parte del paisaje.
Nadie adivinaría el eco.
Nadie escucharía el zumbido de aquel primer amplificador.
—Dadle duro, muchachos, que el alcalde paga bien.
Eran los años sesenta y el olor a pólvora de las fiestas patronales se mezclaba con la brillantina y el tabaco rubio. En las pedanías, bajo hileras de bombillas amarillentas colgadas de balcón a balcón, él y otros cuatro jóvenes creían que el mundo entero cabía en tres acordes.
Mientras por la radio todavía sonaban coplas, ellos empezaban a traer otro sonido. El rock and roll que llegaba de América y aquel nuevo latido que comenzaba a escucharse desde Inglaterra.
Cuando sus dedos rozaban las cuerdas de aquella primera guitarra eléctrica —comprada a plazos con los ahorros de muchos meses— no solo hacían bailar a las muchachas de faldas con vuelo.
Sin saberlo, estaban cambiando la banda sonora de una generación.
Fueron años de carreteras secundarias, furgonetas cargadas de cables, guitarras, amplificadores y baterías. Noches de padres y abuelos que al principio miraban con desconfianza aquella música de sus hijos y que terminaban acercándose a las plazas, quizá sorprendidos al descubrir que también ellos podían sonreír y bailar.
Aquellos jóvenes llevaron alegría a pueblos y pedanías donde una verbena era mucho más que una fiesta.
Después de años difíciles, la gente quería vivir.
Quería bailar.
Quería enamorarse.
Quería que sus hijos crecieran mirando hacia delante.
Y aquellos músicos estaban allí.
Tocaban durante horas sobre tarimas de madera, muchas veces improvisadas. Cargaban ellos mismos los instrumentos, recorrían kilómetros de madrugada y regresaban a casa cuando los demás empezaban a levantarse.
Era música, sí.
Pero también era trabajo.
Y el trabajo se pagaba.
—Aquí tenéis lo vuestro. Buen trabajo, zagales.
Los sobres con pesetas pasaban de las manos del concejal de fiestas, de una comisión o del empresario de turno a los bolsillos de los músicos. En muchas ocasiones no había contratos como los entendemos hoy, ni documentos que aquellos muchachos pudieran imaginar que necesitarían medio siglo después.
El dinero servía para ayudar en casa, pagar la comida, comprar unas cuerdas nuevas o afrontar la siguiente letra del amplificador.
Y volvían a tocar.
Una noche.
Y otra.
Y otra.
Lo que algunos de aquellos pioneros no podían imaginar era que, mientras construían la banda sonora de miles de vidas, una parte de su propia vida estaba quedándose fuera de los papeles.
Pasaron los años.
Y el tiempo, con su paciencia de cirujano, fue apagando los focos.
La juventud se marchó con la misma discreción con la que cambian las modas. Llegaron otros grupos, otros sonidos, las discográficas, los representantes y una industria musical cada vez más profesionalizada.
Las llamadas comenzaron a espaciarse.
Primero una semana.
Después un mes.
Hasta que un día dejaron de sonar.
El músico guardó la guitarra.
Durante algún tiempo todavía esperaba que alguien llamara.
Nadie llamó.
Muchos años después, cuando las rodillas comenzaron a recordarle cada madrugada en carretera y cada noche de pie sobre una tarima, acudió a buscar el amparo que suponía haber trabajado durante buena parte de su vida.
Y encontró un abismo de papel.
Preguntó por aquellos años.
Buscaron.
No estaban.
Preguntó por aquellas actuaciones.
Tampoco estaban.
Las plazas habían estado llenas. Los ayuntamientos habían pagado. Las comisiones de fiestas habían contratado músicos. Los sobres habían cambiado de manos.
Pero los papeles guardaban silencio.
Los documentos decían una cosa.
Su vida decía otra.
Décadas de actuaciones se habían convertido, administrativamente, en enormes espacios en blanco.
Algunos compañeros tuvieron después otros trabajos y consiguieron rehacer su vida laboral. Otros pudieron salir adelante como pudieron.
Él no tuvo la misma suerte.
Por eso, aquella mañana de invierno, volvió a sacar la guitarra.
No había escenario.
No había bombillas de colores.
No había muchachas esperando la canción lenta.
Tampoco estaba aquel concejal que tantos años atrás había dicho:
—Dadle duro, muchachos, que el alcalde paga bien.
Solo quedaban una pared, una guitarra vieja y un vaso de cartón.
Un muchacho pasó junto a él mirando el teléfono móvil. Después una mujer. Luego una pareja que ni siquiera volvió la cabeza.
El anciano afinó lentamente una cuerda.
Quizá ninguno sabía que aquel hombre había hecho bailar a miles de personas.
Quizá ninguno podía imaginar que aquellas manos temblorosas habían sido, muchos años atrás, las manos de un pionero.
Desde Pioneros del Rock de Murcia no queremos mirar hacia otro lado.
Porque no estamos hablando solamente de pobreza.
Ni siquiera estamos hablando de caridad.
Estamos hablando de memoria, dignidad y reconocimiento.
De hombres que trabajaron, cobraron por hacerlo y ayudaron a llevar la música moderna hasta nuestros barrios, pueblos y pedanías. De músicos cuyos nombres quizá nunca aparecieron en grandes portadas, pero sin los cuales una parte de nuestra historia musical no habría existido.
Ninguno fue más importante que otro.
Todos fueron necesarios.
Quizá todavía estemos a tiempo de recuperar sus nombres, reconstruir sus trayectorias y estudiar qué ocurrió con aquellos años de trabajo que nunca encontraron acomodo en los archivos.
Porque una sociedad también se retrata por la manera en que recuerda a quienes un día le dieron alegría.
El anciano comenzó a tocar.
La melodía era antigua.
Algunas personas continuaron caminando.
Pero durante unos segundos, quizá solo unos segundos, aquella esquina de Murcia volvió a ser una verbena de verano.
Entregaron su juventud para ponerle música a la nuestra.
Y una sociedad que bailó con ellos no debería permitir que su última canción termine sonando junto a un vaso de cartón.