Corría el año 1960 y Murcia empezaba a despertar a la modernidad con una banda sonora propia. Eran Los Joristers, el primer grupo oficial de la Región, unos auténticos pioneros que, con tres discos bajo el brazo, habían logrado que sus melodías cruzaran el charco hasta hacerse célebres en Latinoamérica. En la retaguardia de aquel éxito, marcando el pulso de una generación que pedía paso, estaba Pepito Menárguez, un batería de precisión quirúrgica y alma inquieta.
Pero en la España de aquellos tiempos, ni la fama ni el talento eximían del tributo obligatorio a la patria. Como le sucedió a tantos conjuntos musicales, el deber llamó a la puerta y Los Joristers se vieron forzados a una pausa dramática: la «mili» disolvía bandas con más eficacia que cualquier crítico musical.
El destino, que a veces tiene un sentido del humor peculiar, envió a Pepito a Ibiza. Al llegar, cuando le preguntaron por su oficio, Menárguez no dudó: —Músico —respondió con la firmeza del que conoce su vocación.
La lógica castrense actuó en consecuencia. Si era el batería de Los Joristers, su lugar estaba en la banda de música del regimiento, a cargo del tambor. Parecía un destino plácido, una tregua entre desfiles y cornetas, hasta que llegó la Semana Santa.
La unidad formó para la procesión. El ambiente era de solemnidad absoluta: incienso, silencio, pasos lentos y el respeto temeroso que imponía la época. La banda marcaba el paso marcial, un ritmo monótono y gris, un, dos, un, dos. Pero entonces, algo ocurrió en la mente (o en las muñecas) de Pepito. Quizás fue el aburrimiento, o tal vez un «bicho» invisible que le picó en el orgullo de músico, pero el batería de Los Joristers decidió que aquella marcha necesitaba vida.
Sin previo aviso, el tambor dejó de ser un instrumento de guerra para convertirse en una caja de sorpresas. Pepito empezó a meter puntos y contrapuntos, adornando la marcha con florituras imposibles y síncopas inesperadas. El resultado fue inmediato y catastrófico para la disciplina militar: contagiados por el nuevo groove, los soldados perdieron la rigidez marcial. Sin quererlo, el escuadrón comenzó a moverse con un balanceo sospechoso, más propio de una pista de baile que de una procesión sacra. Aquello ya no era un desfile; por momentos, parecía que la tropa estaba bailando la Yenka.
La escena era surrealista: uniformes, cirios y un ritmo que invitaba al pecado.
El capitán de la escuadrilla, rojo de ira y viendo peligrar su honor ante las autoridades civiles y religiosas, desenvainó el sable. Se abrió paso hasta la posición de Menárguez y, con la punta del acero a escasos centímetros del uniforme del músico, le lanzó una advertencia que no admitía réplica: —¡O cambias el ritmo ahora mismo o te atravieso!
Pepito, comprendiendo que su momento de improvisación jazzística había llegado a su fin, devolvió el redoble a la aburrida ortodoxia militar. La tropa recuperó el paso y la procesión continuó, salvando las formas por los pelos. Fue solo una anécdota, un breve instante de rebeldía rítmica, pero sirvió para demostrar que, aunque vistiera de caqui y cargara un tambor de reglamento, Pepito Menárguez seguiría siendo, ante todo y sobre todo, un Jorister.