Aún puedo escuchar el leve siseo de la aguja cayendo sobre el vinilo en aquellas tardes lentas de mi juventud. España olía a brasero y a coplas antiguas de posguerra, pero en el secreto de nuestras habitaciones vibraba una electricidad nueva.
Éramos chavales asomándonos a la modernidad a través de los primeros tocadiscos, con guitarras eléctricas todavía torpes e inocentes. Y allí, marcando el compás de nuestros primeros sueños, estaba el Dúo Dinámico.
Aquellos primeros giros del twist no eran solo canciones; eran nuestra declaración de independencia. Nuestro salvoconducto hacia un mundo que apenas empezábamos a comprender.
Los admirábamos profundamente.
Al menos… hasta que la luz del proyector de un viejo cine de barrio —que siempre olía a pipas tostadas y a misterio— rasgó la oscuridad para traernos Búsqueme a esa chica.
Recuerdo con una nitidez que casi duele el momento en que apareció Marisol.
El tiempo pareció detenerse en las butacas.
Poseía una belleza tan luminosa que nos dejaba sin aliento. No era simple admiración; era esa devoción febril y pura que solo se siente a los quince años.
En los patios del instituto buscábamos, sin decirlo, alguna chica que se pareciera a ella.
Y entonces llegó la tragedia adolescente.
En aquella misma pantalla gloriosa, su novio resultó ser Ramón Arcusa.
Y para terminar de hurgar en la herida, el personaje se llamaba Tony.
Igual que yo.
El veredicto en los pasillos del colegio fue inmediato y cruel, como solo saben serlo los adolescentes.
—Te la ha quitado.
—Es más guapo que tú.
—Y además canta mejor.
Entre risas y burlas, Ramón Arcusa se convirtió —sin saberlo— en mi primer rival sentimental.
Yo, que admiraba al Dúo Dinámico, empecé a odiarlo.
No por sus canciones.
Por Marisol.
Pero el tiempo tiene la costumbre de barrer los patios de recreo. Blanquea el cabello, silencia las viejas bromas y reescribe los guiones con una ironía que ningún novelista se atrevería a inventar.
Porque décadas después, ya en el tramo sereno de la vida, ocurrió algo que aquel adolescente celoso jamás habría podido imaginar.
Firmar una canción junto a Ramón Arcusa.
Sí, el mismo Ramón.
El músico del Dúo Dinámico que con los años se convirtió en uno de los grandes arquitectos de la música española y latinoamericana.
El productor que durante casi veinte años acompañó a Julio Iglesias en su ascenso internacional, llevándolo a la eternidad musical con composiciones y arreglos inolvidables como Soy un truhán, soy un señor.
El mismo que encumbró artistas como Manolo Otero, Los Chunguitos, Vino Tinto, Paco Revuelta, Trío Acuario…
Así que la vida terminó escribiendo un final que aquel muchacho de cine de barrio jamás habría podido imaginar.
La pantalla de aquel viejo cine se apagó hace mucho.
Ramón Arcusa ya no camina de la mano de Marisol ni comparte escena con el Tony de la película.
Ahora, en el pequeño milagro que a veces concede la música, comparte los créditos con el Tony de verdad.
Y esas son las ironías que solo la vida sabe componer.
© tony capel