Cuando la vida sonaba así

Hubo una generación —la mía— que tuvo una suerte que no se puede explicar del todo.

No nos la contaron.

La vivimos.

Entré al instituto con doce años, sin saber muy bien en qué momento uno deja de ser niño, y por esas mismas fechas empezaron a sonar ellos.

The Beatles.

Durante seis años crecimos juntos.

Ellos cambiaban… y nosotros también.
Sin darnos cuenta.

En las aulas pasaban cosas pequeñas, pero había algo por debajo que lo ordenaba todo. Una música que parecía entender mejor que nosotros lo que nos estaba ocurriendo.

Cuando terminé el instituto, se acabó.

Ellos también.

Y aquello tuvo más sentido del que supimos ver entonces.

Con el tiempo uno empieza a hacer cuentas.

No de las importantes —trabajo, familia, años—, sino de las otras.

Las que no salen en ningún sitio.

Para empezar, había que nacer.

Y eso ya era casi imposible.

Millones intentando llegar…
y uno solo llega.

Sin mérito.
Sin saberlo.
Sin haber hecho nada.

Y ese uno… fuiste tú.

Pero es que, además, no naciste en cualquier momento.

Te tocó vivir justo ahí.
En ese punto exacto de la historia en el que el mundo empezó a sonar distinto.

Ni antes.
Ni después.

Ahí.

Y eso ya no es suerte normal.

Eso es acertar dos veces seguidas en una lotería que casi nadie sabe que está jugando.

Otros han escuchado su música después.
La han descubierto.
La han admirado.

Pero no es lo mismo.

Nosotros no la heredamos.

Nos acompañó.

Y cuando uno junta las dos cosas —haber llegado… y haber llegado justo a tiempo—
ya no queda mucho que discutir.

La vida, con todas sus cosas, ha sido generosa.

Más de lo que solemos reconocer.

Por eso, si alguna vez hubiera que resumirlo en una sola idea, sería esta:

Que estar aquí ya era un premio.

Pero haber vivido aquello…

eso fue tocar el gordo.

©toni capel riera