JORGE GARCÍA ANTOLINOS: EL MÚSICO QUE VOLVIÓ A ESTUDIAR CUARENTA AÑOS DESPUÉS

Hay músicos que envejecen tocando las mismas canciones.

Las mismas notas.

Los mismos acordes.

Las mismas historias que un día les hicieron sentirse jóvenes.

Y no hay nada malo en ello.

Quizá sea una forma de regresar durante unas horas al lugar donde fuimos felices.

Pero existen otros.

Son pocos.

Músicos que, cuando ya podrían sentarse tranquilamente a contemplar lo vivido, vuelven a abrir un libro.

Jorge García Antolinos era uno de ellos.

Lo conocí por la música, naturalmente.

En Murcia, durante muchos años, bastaba con tirar de un hilo para que aparecieran apellidos, grupos, locales, guitarras y viejos amplificadores.

Y, tarde o temprano, aparecían los García Antolinos.

Jorge llevaba el rock en la sangre.

Había formado parte de Acequia, uno de aquellos grupos surgidos cuando el rock murciano todavía estaba aprendiendo a caminar sin pedir permiso.

Eran años diferentes.

No existían las redes sociales.

Nadie contaba seguidores.

Un músico no sabía cuántas personas habían visto su fotografía aquella mañana porque, sencillamente, nadie había visto ninguna fotografía.

Había que cargar los instrumentos.

Buscar un local.

Ensayar.

Equivocarse.

Volver a ensayar.

Y después subir a un escenario.

Allí no existía el botón de borrar.

Jorge tocaba el bajo.

Siempre he pensado que los bajistas pertenecen a una especie peculiar dentro de la fauna musical.

El cantante quiere que lo miren.

El guitarrista espera su solo.

El batería procura que nadie olvide que está allí.

Y el bajista…

El bajista sostiene el edificio mientras los demás decoran las ventanas.

Muchas veces apenas lo mira nadie.

Hasta que deja de tocar.

Entonces todo se viene abajo.

A Jorge lo entrevisté junto a sus hermanos Sergio y Raúl.

Tres hermanos unidos por una enfermedad para la que, afortunadamente, todavía no se ha encontrado vacuna:

el rock.

Hablamos de música, de recuerdos y de aquellos años en los que Murcia comenzó a fabricar sus propios sonidos.

Pero tiempo después descubrí algo de Jorge que me llamó especialmente la atención.

Después de décadas tocando, quería aprender.

Otra vez.

Había estudiado solfeo de niño.

Y, tras cuarenta años sin leer música, decidió retomarlo.

Cuarenta años.

Me lo imaginé frente a un pentagrama.

Un hombre con una vida entera de escenarios a la espalda observando nuevamente aquellas pequeñas figuras negras colocadas sobre cinco líneas.

Do.

Re.

Mi.

Como si el tiempo hubiera dado una vuelta completa.

Además, Jorge quería aprender a tocar el contrabajo electrónico.

Y aquello me hizo pensar.

Porque llega una edad en la que la sociedad parece concedernos discretamente permiso para repetirnos.

—Ya has hecho bastante.

—Descansa.

—Disfruta de lo que sabes.

Son frases amables.

Terriblemente amables.

Tan amables que pueden acabar convirtiéndose en una silla.

Jorge no se sentó.

Volvió al solfeo.

Volvió a estudiar.

Volvió a dudar.

Y probablemente volvió a equivocarse.

Qué maravillosa osadía la de un veterano que acepta convertirse otra vez en principiante.

Los jóvenes creen que aprender consiste en avanzar.

Con los años descubrimos que, algunas veces, aprender significa regresar.

Regresar al pentagrama.

A la primera nota.

A la pregunta que creíamos resuelta.

Jorge García Antolinos murió en febrero de 2026.

Tenía 69 años.

Podría haber pasado sus últimos años contando que había sido bajista de Acequia.

Que había vivido el nacimiento del rock murciano.

Que había tocado.

Que había estado allí.

Tenía recuerdos suficientes para sentarse durante mucho tiempo.

Pero prefirió volver a estudiar música.

Después de cuarenta años.

Y quizá, sin pretenderlo, nos dejó una última lección.

No de bajo.

Ni de rock.

Ni siquiera de solfeo.

Una lección bastante más difícil:

uno empieza a hacerse viejo el día que decide que ya no le queda nada por aprender.

Tony Capel
Pioneros del Rock de Murcia